Historia de los Carnavales de Tenerife

Mención aparte merecen los Carnavales de Tenerife y, de forma especial, el Carnaval de su capital Santa Cruz, considerado uno de los mejores y más espectaculares del mundo. La participación ciudadana, los grupos de espontáneos, la fantasia y la increíble capacidad creativa de inventar disfraces, situaciones divertidas y satíricas es el valor más grande de estas fiestas.Hay que destacar de forma especial los espectaculares trajes de las candidatas a Reina del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife que llegan a ser verdaderas obras de arte y la noche de gala capitalina retrasmitida por cadenas de televisión de diferentes países. Otra cartacterística sobresaliente es la total ausencia de violencia y de episodios conflictivos, diferenciandose en esto de otros carnavales multitudinarios y muy conocidos internacionalmente.

El lazo que une Canarias a Latino América, con sus ritmos caribeños y el clima incomparable de la isla, que permite vivirlo en la calle, crean todos los supuestos para que estas fiestas cuenten con una participación multitudinaria, a la cual se añade la masiva presencia turística.

La historia de los Carnavales de Tenerife y sus vicisitudes.

Los “chicharreros” llevan el Carnaval en la sangre desde siempre y no poco tuvieron que sufrir cuando, en un pasado no tan lejos, se prohibían tajantemente estos tipos de manifestaciones lúdicas, por el miedo de las autoridades a las reuniones masivas de ciudadanos que, por colmo, llevaban el rostro oculto tras una careta que impedía su inmediata identificación.

Tras la caída de la Segunda República y el comienzo de la guerra vivil española, clero y gobierno aborrecían todo lo que sonaba a diversión rebelde y provocativa. La sátira y la “carnalidad” se veían como el peor de los pecados, como un delito muy grave, castigado, en muchos casos, con la reclusión.

A partir de 1945, sin embargo, a pesar del miedo, empezó a celebrarse, de forma clandestina, en las casas particulares pasando olímpicamente del veto de las autoridades y de la Iglesia.

Poco a poco el poder constituido, frente a la tenacidad de los canarios, no tuvo otro remedio que reconocer y aceptar su existencia, aunque lo denominó, diplomáticamente, “Fiestas de Invierno”. Finalmente, fue en 1967 cuando el Carnaval se convirtió en “Fiesta de Interés Turístico Nacional”.

Esta lucha para mantenerlo en vida es razón de orgullo así como el honor de figurar en el libro Guiness por haber conseguido reunir, en el año 1987, más de 200.000 personas, en el baile al aire libre celebrado en la Plaza de España superando, con este numero, el récord anterior de la ciudad de Huston (Texas) donde los participantes ¡“solo fueron 16.500”!

El Carnaval de Santa Cruz de Tenerife se vive sobre todo en la calle.

La luz verde a esta semana de locura, durante la cual se duerme apenas y todos, absolutamente todos, independientemente de su edad, sexo y condición social, se vuelcan en las calles, la da la noche de gala de la elección de la Reina en el Pabellón de Ferias y Congresos de la capital Santa Cruz de Tenerife.

Las últimas tecnologías en efectos especiales y unos decorados dignos del mejor musical americano son el telón de fondo de esta noche mágica retransmitida por las cadenas de televisión, de radio y prensa escrita de todo el mundo.

Las aspirantes a Reina desfilan, luciendo unos trajes que pueden superar los tres metros de altura y los 100 Kg. de peso, que muchas veces tiene que incorporar ruedas y contrapesos. En su confección no existen límites a la fantasía de los diseñadores, todos ellos locales, que consiguen crear, en muchos casos, auténticas obras de arte.

Los trabajos de confección empiezan varios meses antes y se caracterizan por el gran secreto que se mantiene en los talleres y la gran rivalidad entre los diferentes creadores.
Las murgas, las rondallas, las comparsas y las varias agrupaciones son el “alma” y la “voz” de estas fiestas, la sátira y la paradoja su forma de expresión.

Protagonistas imprescindibles, cantan con sorna a los políticos su versión particular de lo ocurrido en el ultimo año, interpretan con impúdica desfachatez las más importantes noticias de la crónica internacional y, como no, renuevan años tras años la inevitable polémica con los vecinos de Gran Canaria, juntos, desde siempre, en una especie de atávica rivalidad entre islas fronterizas.

Sin embargo el autentico Carnaval se vive en las calles, sobre todo en las de la capital Santa Cruz de Tenerife donde, por toda la semana, las obligaciones de un día cualquiera se dejan en las gavetas, muchos bancos y comercios cierran sus puertas y la única preocupación de todos es solamente la de pasarlo bien, de vacilar constantemente, de tomarse la vida con risa y despreocupación.

Para comprobarlo es suficiente acudir a los dos acontecimientos más importantes de los festejos como la Cabalgata apoteósica del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife en la avenida de Anaga y la noche del entierro de la Sardina.

En la primera todos los protagonistas y los principales grupos musicales, las carrozas y los millares de espontáneos disfrazados desfilan horas y horas mientras los ritmos caribeños suenan sin cesar. Para asistir en primera línea es aconsejable acudir mucho antes con la esperanza de encontrar una silla libre entre las que el Ayuntamiento distribuye a los dos lados de la larga avenida.

¡La segunda es de los más sugestivo que se pueda imaginar! Se apagan las luces de alumbrado en toda la ciudad y una enorme sardina en pasta de papel, simbólica representación de Don Carnal desfila, muerta, hasta el lugar de su entierro acompañada en cortejo funerario por las centenares de viudas y viudos en trajes negros, llorando y “desmayándose” por tan “triste” acontecimientos y por los “fantasmas”, envueltos en sábanas blancas.

Una gran hoguera acogerá los restos mortales del Carnaval y se bailará alrededor del fuego mezclando risas a lágrimas, porque de esto se trata, de darle a todo la vuelta, de mezclar sin normas lo sagrado con el profano, de ridiculizar lo que parecía tan serio, de enfrentarse a los eternos temores con una gran carcajada.

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